15 diciembre 2016

Clásicos CiFi: Muñecos infernales (1936)

Ya iba tocando traer otro clásico de ciencia ficción, aunque el que traigo hoy tiene más de fantasía, como iréis comprobando en breve. Se trata de Muñecos infernales, de Tod Browning. Pensé que me iba a resultar complicado encontrar información por ser una película bastante antigua pero, para mi asombro, me encontré con algo que no esperaba, en relación con su director y la censura que sufrió en aquellos años, y he decidido dedicar parte de la entrada a ello por que me ha parecido interesante.

Muñecos infernales (The devil doll)
Estreno: 1936 (USA), B/N, 79 minutos.
Productora: Metro-Goldwyn-Mayer
Director: Tod Browning
Productor: Tod Browning y E.J. Mannix
Guión: Garrett Fort, Guy Endore, Erich von Stroheim
Reparto: Lionel Barrymore, Maureen O'Sullivan, Frank Lawton, Rafaela Ottiano, Robert Craig, Lucy Beaumont, Henry B. Walthall, Pedro de Cordoba, Arthur Hohl.

Sinopsis: Tras pasar 17 años en la cárcel, acusado injustamente por robo y asesinato, Paul Lavond (Lionel Barrymore) consigue escapar del penal junto con otro compañero, Marcel. Encuentra refugio en la pequeña casa de Malita (Rafaela Ottiano), esposa de Marcel, donde ella ha continuado la investigación a la que su marido ha dedicado su vida. El objetivo de Marcel es conseguir una fórmula que haga posible reducir el tamaño de cualquier ser vivo, y reducir sus necesidades. Pero hasta el momento lo único que consigue son marionetas vivas que son controladas por la mente. Marcel termina falleciendo por el gran esfuerzo realizado, y Lavond ve en esas criaturas reducidas un arma para vengarse de aquellos que le encerraron. Decide ir a París llevando consigo a Malita y la fórmula reductora, y una vez en la ciudad, va tejiendo su venganza contra sus tres antiguos socios. Además, intenta localizar a su hija Lorraine (Maureen O'Sullivan), a la que no ve desde que era muy pequeña.


Tod Browning escribió esta historia basándose en la novela Burn witch burn! (1932), de Abraham Merritt (1884-1943). Merritt era un escritor y periodista estadounidense especializado en literatura fantástica y ciencia ficción, autor bastante conocido en las revistas pulp de la época. Al parecer también mantuvo algo de contacto con el círculo de Lovecraft. En español, esta novela fue publicada como ¡Arde, bruja, arde! por la editorial Anaya en 1994.

Esta fue la penúltima película que dirigió Tod Browning. A pesar de la sólida carrera que se había labrado durante 20 años, tanto en la época del cine mudo como del sonoro, sufrió un fuerte varapalo con el estreno de La parada de los monstruos (Freaks, 1932), debido a la censura y a la mala acogida del público. A partir de 1932 apenas dirigió, y en 1939 filmó su última película (Miracles for sale).


El motor de la historia es el drama de Lavond y su venganza, no siendo el componente fantástico lo principal, aunque tenga importancia en el desarrollo de la trama. La película está a caballo entre el género de ciencia ficción y la fantasía, con ese matrimonio de científicos locos miniaturizando seres vivos con el propósito de reducir las necesidades, y así hacer posible que haya más recursos para todo el mundo (me viene a la cabeza la escena de Marcel alimentando miniperros con migas de pan, como el que alimenta palomas).





Lionel Barrymore (Cayo largo, Capitanes intrépidos...) está genial, sobre todo cuando al volver a París decide adoptar el rol de una dulce anciana, Madame Mandelip, para no ser reconocido por la policía, y abre una pequeña juguetería, donde la gran joya son unos muñecos muy realistas. Rafaela Ottiano, en el papel de Malita, interpreta a una científica bastante extravagante, que ayudará a Lavond, pero cuya única meta es culminar el trabajo de su difunto esposo, y crear un mundo diminuto. Para recalcar más todavía la locura de esta mujer, la interpretación de la actriz es muy exagerada y teatral. Curiosamente, he leído que esta actriz trabajó en el teatro Grand Guignol de París (origen de la literatura de estilo weird menace pulp, amenaza extraña). Como Lorraine Lavond tenemos a Maureen O'Sullivan, una muchacha que sobrevive a duras penas trabajando en una lavandería, y responsabilizando a su padre de toda la vergüenza y la desgracia en la que cayó la familia tras ser acusado de tales delitos.


Para dar vida a las criaturas diminutas (en concreto, una mujer, un hombre, un caballo y varios perros), tuvieron que hacer un trabajo de post-producción, complementándolo con la creación de decorados gigantes para crear la ilusión de gente diminuta. Para ser del año que es, no queda nada mal. Cantan un poco las transparencias, pero las escenas que son decorados gigantes son increíbles (el momento en que la "muñequita" roba en el dormitorio, trepando a la enorme cómoda por los cajones, es maravilloso).

Franz Waxman se encarga de la música que acompaña toda la trama. A este compositor siempre lo asociaré a la maravillosa y onírica banda sonora de Rebecca (1940): "Anoche soñé que volvía a Manderley...", como me gusta esta peli, leches.

Muñecos infernales es un clásico del cine fantástico, y merece ser recordado. Creo que a quien le guste este tipo de cine, le resultará muy entretenida. Puede que la mayor pega que tiene es el exceso de drama en algún momento (las escenas con la hija), que me hacía perder un poco el interés (yo quería ver a los muñecos hacer maldades), pero por lo demás, muy disfrutable.




Sobre Tod Browning y la incomprensión de una época

Tod Browning (1880-1962) llevó una vida bastante curiosa. Nacido en una familia acomodada, a los 16 años se enamoró del circo (y al parecer de una bailarina), y abandonó su hogar para unirse a él. Realizó distintos trabajos en el mundo circense, como payaso, jinete, bailarín, director de un teatro de variedades, hasta que conoció al director D.W. Griffith, que le introdujo en el cine. Esa mezcla de fantasía, misterio y horror que caracteriza el cine de Browning viene en parte inspirado por su experiencia en el circo. Hizo muchas películas de cine mudo, y al llegar el sonoro se adaptó perfectamente. Se labró una gran carrera, hasta que en 1932 filmó Freaks, y chocó con un muro de incomprensión.

A principios de los años 30, había en Estados Unidos muchas revistas pulp, pero no se diferenciaban demasiado unas de otras. El editor Henry Steeger, durante una estancia que pasó en París en 1933, acudió a Le Thêatre du Grand Guignol, y quedó impactado por las historias violentas, sangrientas y morbosas que representaban. A su regreso a Nueva York, resolvió que la solución para destacarse del resto de publicaciones era llevar ese teatro del horror a las páginas de su revista, y ahí nació el género weird menace pulp, o amenaza extraña. Un género lleno de violencia, asesinatos truculentos, terrores provenientes del lado oscuro del ser humano. En aquella época, el cine de terror estaba pasando un buen momento, con películas como Drácula, Frankenstein, King Kong, pero quedaba muy por detrás de la literatura de género (que era más explícita), ya que la amenaza del Código Hays, que todavía no se aplicaba de forma rigurosa, hacía que los estudios de cine fueran muy cautos a la hora de filmar según qué cosas.

Y aquí entra en escena Tod Browning, y voy a coger este fragmento de su fuente original tal cual, porque viene perfectamente explicado:
"Sin embargo, existían algunos valientes ejemplos que, desde las pantallas cinematográficas, apuntaban a que la sensibilidad del público iba cambiando en la dirección presentida por la Weird Menace. El éxito de los filmes de Tod Browning, interpretados por Lon Chaney, donde la deformidad física y moral era un componente fundamental, y la mayoría de los horrores expuestos se situaban en escenarios contemporáneos y tenían origen y explicación humanos, era buena prueba de ello, y el escándalo que rodeara La parada de los monstruos (Freaks, Tod Browning, 1932), basado en el cuento de Tod Robbins, otro indicio que, a pesar de su aparente fracaso económico, había que saber interpretar." Fragmento de Sangre, sudor y pulps, del prólogo realizado por Jesús Palacios para Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp.
En Estados Unidos, Freaks fue prohibida en varios estados y ciudades. En Reino Unido también fue prohibida, y hasta 1963 no se proyectó. El mayor problema era que para el público en general resultaba "desagradable". El hecho de ver personas con malformaciones reales en pantalla echaba al público para atrás. La moral de "si no lo veo, es que no existe", el no querer ser conscientes que había personas que sufren malformaciones y mutilaciones horribles, y que se veían obligadas a vivir en circos de este tipo, porque no encajaban en una sociedad "respetable". Eso, sumado a un final de lo más espeluznante, debió resultar perturbador para más de uno.

Tod Browning, con parte del reparto de Freaks (1932)

Hubo problemas a la hora de buscar el reparto para los papeles de los personajes "normales", ya que en cuanto se enteraban de que tendrían que actuar con "fenómenos de feria", se negaban.

La película estuvo a punto de paralizarse cuando Louis B. Mayer, uno de los pilares del estudio, vio a los integrantes del reparto. Uno de los productores de la película, Irving Thalberg, tuvo que hacer uso de todas sus habilidades para continuar con la producción.

Al parecer, por aquellas fechas, el escritor F. Scott Fitzgerald trabajaba para la Metro-Goldwyn-Mayer (supongo que se dedicaría a escribir guiones). Se dice que un día fue al comedor del estudio para almorzar, y vio a las hermanas Hilton (las gemelas siamesas de Freaks), que estaban mirando el menú tranquilamente. Quedó horrorizado por la visión y salió del comedor sin tomar nada. Al final, debieron haber quejas de más trabajadores del estudio, con lo que la mayor parte del reparto (a excepción de los "más normales", los enanos y las siamesas) se vieron obligados a comer en el exterior del comedor.

Hay información que no sé cuán verídica será, porque me resulta tan brutal (sobre todo lo del comedor), que no sé si habrá cosas infladas. Pero sin duda alguna, la realización de esta película dejó a Tod Browning muy desgastado, y a partir de ahí, ya no fue el mismo. La aplicación rigurosa del Código Hays se inició en 1934, dos años después de la producción de esta película, y aún así fue vapuleada por la opinión pública. Supongo que Browning no vería mucho sentido hacer muchas más películas si tenía que andar autocensurándose para poder pasar los filtros.

La incomprensión de su época, y una censura que "protegía la moral de una sociedad respetable", terminaron por arrebatarle aquello que hacía a su cine especial y diferente.


Fuentes de información:
  • Web de horrorpedia
  • Web de Imdb
  • Web de Filmaffinity
  • Web de Turner classic movies
  • Prólogo de Jesús Palacios para Los hombres topo quieren tus ojos, y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp, de editorial Valdemar (colección Gótica).

Hasta la próxima misión.

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