29 mayo 2017

¿Qué libro leo?

Esta entrada va a ser un poco extraña, porque me ha dado por divagar a raíz de un video que vi el otro día. Sonema Books, en su canal de libros, hacía una pequeña reflexión sobre cómo escoge sus lecturas últimamente, y cómo le ha influido Booktube. Os dejo aquí el enlace del video porque es bastante interesante lo que comenta.

En mi caso, lo que más suelo leer son géneros de terror, ciencia-ficción o fantasía, pero entre ellos suelo intercalar libros de otros géneros, para desengrasar, por así decirlo. He tenido rachas en las que he encadenado varios libros de terror, y la cabeza me pedía a gritos romper con eso una temporada.

Y la cuestión es, ¿me han influido Booktube o los blogs literarios a la hora de seleccionar qué libro leo? Pues no sabría qué responder. En parte sí, en el sentido en que hay libros que sabía de su existencia, pero nunca les había prestado atención, y a través de la opinión de un blogger o booktuber, a lo mejor descubro que me interesa. Por supuesto, también descubro cosas nuevas. Pero tampoco me dejo llevar por la agonía de "lo necesito como el aire" (me hace gracia la pasión de la gente en las redes, lo siento). Ni siquiera hago una wishlist, o lista de pendientes como la de Goodreads, ni nada por el estilo. Normalmente me apunto algunos en un post-it, o el autor, y dado lo ordenada... cof cof... que soy, suele terminar traspapelado en los lugares más inverosímiles. Al final, mi cerebro sirve de filtro y termina quedando en él retenido lo que sí deseo de verdad.


Cuando voy a una librería, no siempre voy buscando algo concreto. A lo mejor llevo en mente un libro, pero aún así, me tiro un par de horas mirando estanterías. Obviamente, lo hago en fin de semana, y voy sola, porque a ver quién es el guapo que va con una cansina como yo. Usando mi "gran criterio" a la hora de elegir (¡qué portada tan chula!), y lo que cuente la sinopsis, ha habido de todo. Desde putruños formato familiar, pasando por historias muy entretenidas, y llegando a auténticos descubrimientos que se han convertido en mis libros favoritos. Por ejemplo, una de esas joyas que encontré hace unos meses fue La guerra de las salamandras, de Karel Čapek, del que ya hablé en una entrada (ver aquí). No conocía ni el libro ni el autor, pero se ha convertido en una de las mejores lecturas de los últimos meses.



Voy a contar una anécdota de mi época de adolescente, allá a finales del siglo XX (viejunaaaa). De pequeña prácticamente no leía libros, solo tebeos. Como mucho, algún libro que me obligasen en el colegio. Ya en el instituto, empecé a leer a Stephen King. No sé si fue un libro prestado, de la biblioteca, no lo recuerdo, pero me gustó. Ahí me entró el gusanillo por el terror. Decidí leer clásicos como Drácula, o Frankenstein. Tenía 14-15 años, y en aquellos tiempos no había internet tal cuál tenemos ahora, por lo que no podías realizar consultas con la sencillez con la que las hacemos hoy en día. Te dejabas orientar por el dependiente de la librería de barrio, y punto. Me acerqué a una librería cercana a casa, y le pregunté al dependiente si tenían Drácula. Os dejo una dramatización de cómo fue la cosa:

- Buenos días, ¿tenéis Drácula, de Bram Stoker?- dijo la Pequeña Recluta, que por aquella época pasaba por su etapa oscura (camisetas negras, pelo teñido de negro con reflejos azules, tez pálida cual cadáver,  no tanto por maquillaje, si no por pura anemia).
- No, no lo tenemos- respondió secamente el dependiente, sin siquiera sugerir que podían encargarlo, que suele ser lo habitual, más tratándose de un clasicazo.
- Ohh, vaya...- decepción total en la Pequeña Recluta. - ¿Y no tienes algo de terror?- el mono por lo siniestro era más fuerte que cualquier cosa.
- Ummm... pues... nos ha llegado algo que puede que te guste- el dependiente se dio la vuelta, y sacó de un estante una novela que dejó sobre el mostrador. La casa de los espíritus, de Isabel Allende.
- Ahhh... ¿Y es de miedo?- preguntó la pardilla ingenua Pequeña Recluta.
- Sí, sí. De hecho, ya se lo ha llevado algún cliente más, y muy bien.
- ¿Sí? Pues me lo llevo- dijo ella con gran satisfacción creyendo que se llevaba una novela de casas encantadas.

Descubrí que me había tomado el pelo cuando llevaba medio libro. Hace veinte años o más, Isabel Allende creo que no era tan conocida por aquí, y menos para una cría como era yo. Ahora me río, pero en su momento me supo a cuerno quemado. Que sí, que leí una novela buenísima, pero no era eso lo que yo buscaba. Hace años apenas había dónde buscar información, y hoy en día con un solo click, la tienes toda. De hecho, tanta información, que a veces nos perdemos entre tanto donde elegir, nos dejamos arrastrar un poco por lo que ves que leen los demás, y vamos perdiendo el indagar por nosotros mismos. Que nos podemos pegar un castañazo escogiendo algo que desconocemos, pero cuando das con una joyita, la sensación es increíble, por que lo descubres tú, sin un análisis previo ni disección de nadie.


Después de tanta parrafada, ¿a qué conclusiones he llegado? Pues a pocas, jajaja... pero esto es cosa de cada uno. Quién disfrute escarbando en las estanterías buscando tesoros, perfecto. Quien quiera ir más sobre seguro, y se fíe de las recomendaciones de algún booktuber/blogger porque tiene gustos parecidos a los tuyos, también perfecto. En la actualidad tenemos unas herramientas y una tecnología que nos permite tener tal cantidad de información que de jovencilla no hubiera ni imaginado. La cosa está en saberlas utilizar de la forma adecuada, sin que lleguen a controlar nuestra forma de actuar y de pensar.


¿Y vosotros qué pensáis de todo este caos que he soltado aquí?

De hecho, acabo de recordar que hace un par de semanas, yendo al trabajo, justo a la salida del metro, había una mujer con un montón de libros viejos dispuestos sobre una sabana. Con el culo prieto para no llegar tarde, pero me paré en seco al ver en una portada Daphne du Maurier. Cogí el libro. Los amantes malditos. En mi vida había oído hablar de él. ¡Pero es la autora de Rebeca! Llegué al trabajo tan contenta con un libro que no sé ni de qué va, jajaja... Así soy yo, qué le voy a hacer.







Hasta la próxima misión.

15 mayo 2017

El árbol del ahorcado y otros relatos de la Frontera

Vuelvo a viajar al oeste para enfrentarme a forajidos, buscar oro, o cabalgar a través de la llanura, pero siempre en la buena compañía de Dorothy M. Johnson. Tercera entrega para el proyecto Adopta una autora, y hoy traigo otro recopilatorio de relatos (y por desgracia, lo último que voy a poder traer en castellano).

En la anterior entrada dedicada a Indian country, la mayoría de historias se centraban en la complicada relación entre indios y blancos. En el volumen que voy a tratar hoy predominan los forajidos, aventureros, buscadores de oro... pero siempre en el contexto histórico del siglo XIX, en Montana. La ruta Bozeman fue muy importante durante la fiebre del oro, y muchísimas personas se aventuraban viajando a Montana en busca de fortuna. De hecho, el relato que da título al libro transcurre en un campamento minero.


El árbol del ahorcado y otros relatos de la Frontera (1957)
Autora: Dorothy M. Johnson
Editorial Valdemar, colección Frontera
Traducción: Gonzalo Quesada
Género: western, drama, histórico.
Otras obras: Indian country; Buffalo woman; Some went west; When you and I were young, Whitefish...

El árbol del ahorcado y otros relatos... fue publicado originalmente en 1957 por la editorial Ballantine Books, y contiene diez historias que fueron publicadas, en su mayoría, en revistas entre los años 1954 a 1957, a excepción de La squaw de la manta, que pertenece a 1942. Sin duda, el más destacado es El árbol del ahorcado, tanto por su mayor extensión, que podría equipararlo a una novela corta, como por su adaptación cinematográfica, que además es una de mis películas favoritas de género western.

He de comentar que las historias que más me han gustado son varias que están protagonizadas por niños. Algunos de ellos, ya adultos, rememoran determinado momento en su infancia que, debido a una serie de circunstancias, les dio una lección de vida. Ya fuese como protagonistas de los hechos, o como espectadores aventajados.