22 enero 2018

De monstruos de la infancia y otras historias

Esta va a ser una entrada un poco extraña, pero me apetecía volcarlo por aquí. Todos mis conocidos saben de mi gusto por el terror, ya sea en libros, películas o videojuegos. No sé si pensarán que soy una persona valiente y echada para adelante, pero ya os digo que para nada. Soy una auténtica miedica. De hecho, los videojuegos de terror solo los miro, a poder ser con una bolsa de chuches, como el que ve una película, porque del miedo me paralizo y soy incapaz de jugar.

¿Qué es ese ruido? ¿Era un gruñido? Ahh, son mis tripas.

Pero algo tendrá esa sensación cuando, al tiempo que sufres, tienes más necesidad de ella, en plan yonqui de las emociones fuertes. Desde pequeña sentía una atracción casi morbosa por ver películas de terror, aún sabiendo que por la noche iba a sufrir de lo lindo por lo que pudiera salir de debajo de mi cama. De hecho, no sé vosotros, pero yo tenía mi propio repertorio de criaturas-monstruos que hacían mi infancia superentretenida. Incluso mi madre ayudó a enriquecer mi Bestiario particular introduciendo a uno de los más temidos por mí: el Sereno. Y aquí más de uno levantará la ceja. Pero todo tiene una explicación.

De pequeña yo era muy nerviosa, y tenía el sueño muy trastocado, por lo que pasaba gran parte de la noche despierta. Como mi padre trabajaba en el extranjero, yo solía dormir con mi madre, pero debía ser terrible dormir con una niña que no paraba de moverse. Como el cuento de "Duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá" no surtía efecto conmigo porque para mí Coco era el personaje de Barrio Sésamo, y me encantaba, pues mi madre inventó una nueva criatura. Y nació El Sereno. Como comprenderéis, yo no sabía qué era un sereno, y para mí se convirtió en una entidad indefinida. No sabía si era antropomorfa, perruna, un pulpo, o qué sé yo, pero YO SABÍA que era horrible y oscura. Mi madre simplemente me decía que si no dormía, el sereno se enfadaría y vendría, y yo con mi mente infantil me dediqué a adornarlo de las formas más horribles. De hecho, el Crooked Man u Hombre Torcido de la película The conjuring 2: El caso Enfield se acerca más o menos a lo que yo llegué a imaginar, pero claro, el mío era negro como la noche. En verano, cuando dormíamos con la ventana abierta, nunca apartaba los ojos de allí, por si entraba trepando cual araña. No dormía, pero me estaba más quieta que un gato de escayola.

Luego estaba la Criatura del Váter. Vivía dentro del pocillo del retrete, y estaba al acecho para morderme las nalgas en cuanto me despistase un poco. Pero ella y yo llegamos a un trato. Yo la alimentaría regularmente (adivinad con qué), y ella me dejaría tranquila. Aunque creo que el negocio no le salió muy ventajoso, porque fue a dar con la niña más estreñida del mundo. Más le habría valido morder mi pequeño y tierno trasero. Pues nada, aquí poniendo el blog al nivel de las cloacas.

Como comenté antes, tenía el sueño bastante trastornado. De hecho, a partir de los 6 años empecé a sufrir episodios muy extraños en mitad de la noche. Yo era una niña muy reservada, nunca me quejaba a no ser que me doliera algo mucho o me encontrase muy mal, con lo que nunca dije nada de aquello. Muchos años después, creo que en la universidad, supe lo que era: había sufrido parálisis del sueño. Para adornar más mis terrores infantiles, en algún momento de mi niñez vi cierta película en la que un horrible duende salía de su escondrijo en la habitación de una niña, y mientras ella dormía, se dedicaba a robarle el aliento. La niña de la peli se salvaba porque su gato, creo recordar, terminaba con el bichejo.



Yo até cabos y encontré la solución al porqué me quedaba paralizada por la noche:

"Es ese duende diabólico, que sale de debajo de la cama, trepa hasta mi pecho, me aplasta y me roba el aliento. Por eso me cuesta respirar."

A partir de aquella certeza, y al no estarme permitido tener gato (con lo que me gustan, leñe), mi única solución era usar mi Sábana Escudo, cubriéndome hasta el flequillo incluso en pleno verano, aunque era una defensa muy débil, y a veces llegaba a ser bastante asfixiante.

Para quien sienta curiosidad acerca de esa película, hace poco conseguí averiguar cuál era, ya que no recordaba cómo se llamaba. Sólo guardaba el recuerdo del duende-trol, y que la niña podía ser Drew Barrymore. Se trata de Los ojos del gato (1985), y adapta tres relatos cortos de Stephen King. (¡Coño, Stephen! Que aún me faltaban varios años para conocerte y empezar a leerte, y ya me estabas aterrorizando)



Por supuesto, hablando de monstruos de cine, no podía faltar Alien. Y es que haber visto Alien, el octavo pasajero con 7 años te deja huella. Más que huella, ojeras cual mapache. Y digo yo, ¿en serio mi madre me dejó ver aquello? Me la imagino leyendo una de sus novelas y pasando de todo, mientras yo estaba tumbada debajo de la mesa del salón, con la vista clavada en aquel terror del espacio, en aquella pesadilla andante, y me entraban los sudores de la muerte de imaginar lo que haría conmigo. Pero seamos sinceros, ¿qué amante del terror no siente admiración por semejante monstruo? Yo creo que ha sido la mayor de las pesadillas de toda una generación, y nos encanta. Por que somos unos masoquistas.


Mamá contándome un cuento: Hija, te voy a contar una historia
que te será útil para el mañana. Porque la vida es dura y está llena
de monstruos. Había una vez una gran piloto llamada Ripley, que
llegó a un extraño planeta lleno de xenomorfos sedientos de sangre...


Con la edad, los terrores van cambiando. El monstruo del armario, del retrete, el coco y demás, van quedando relegados a un rinconcillo de nuestra mente, y van apareciendo temores de otro tipo, más realistas tal vez. Pero yo, cada noche, intento que ni las manos ni los pies me asomen por el borde de la cama. Por si acaso.

Hasta la próxima misión.


20 enero 2018

Moto Hagio y la revolución del manga shojo



Moto Hagio, junto a otras dibujantes con las que conformaría el Grupo del 24, revolucionó el cómic en Japón durante los años 70, y fue motor para que el manga shojo alcanzase su madurez y dejase de ser un género secundario. En España no es muy conocida (a no ser que seas lector habitual de manga más clásico), y de momento sólo tenemos publicada una obra suya gracias a la editorial Tomodomo, aunque ya está anunciada la llegada de otra de sus obras, Semidiós (Hanshin).

Quiero remarcar que no soy lectora habitual de manga shojo, pero durante el #LeoAutorasOct del año pasado me animé a leer su manga ¿Quién es el 11º pasajero? por la premisa de ciencia ficción, y al ver en su introducción la importancia que tuvo esta autora en la evolución del manga, me pareció interesante investigar más sobre ella y su obra. He de confesar también que apenas he leído manga clásico, con lo que para mí está siendo un doble descubrimiento. Así que vamos al lío.

05 enero 2018

Cómic: El invierno del dibujante


Primera entrada del año, y la voy a dedicar a un cómic que leí hace unos días. Como ya comenté en una entrada anterior, en 2017 apenas escribí sobre cómics/manga, y este nuevo año quiero dedicar más espacio a ello. Y he aprovechado para leer un cómic de un autor español, porque es bastante penoso que no conozca apenas lo que se produce en mi propio país. Me decidí por El invierno del dibujante porque trata sobre los historietistas de la editorial Bruguera, y sentía curiosidad por saber algo sobre ellos. Bruguera ha sido para mí (y para mucha gente) la editorial de mi infancia, ya que básicamente aprendí a leer con sus tebeos. Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe, Super López, Zipi y Zape... no puedo pensar en mi niñez sin que aparezcan todos esos personajes.

"En la España de 1957 ser historietista era un oficio. No eran artistas, eran obreros de la viñeta. Cobraban a tanto por página -o por viñeta-, trabajaban a destajo, siguiendo unos patrones establecidos e inamovibles. Renunciaban a sus originales y a sus derechos de autor a cambio del parné. Y en ese 1957 ocurrió algo que quebró la monotonía y sembró la esperanza. Cinco extraordinarios historietistas, famosos por sus personajes, osaron rebelarse." Antoni Guiral