20 diciembre 2018

Divagando sobre miedos nocturnos y otras historias

Aún sigo viva, aunque no lo parezca. Está visto que no soy capaz de llevar una rutina como es debido en el blog, pero estando como está la vida de complicada, se hace lo que se puede.


La semana pasada estuve escuchando un podcast del programa Ecos de lo remoto, y me interesó mucho por que trataba el tema de la parálisis del sueño y las extrañas apariciones en el dormitorio. Muchos oyentes habían dejado, tanto en mensajes de voz como en correos, sus propias experiencias nocturnas, a cada cual más espeluznante.
A principios de año escribí una entrada de divagaciones sobre mi infancia (ver aquí), y comenté de pasada que solía tener episodios de parálisis del sueño. Tuve esas experiencias desde los 6 o 7 años, hasta los 17 o 18. De adulta he tenido alguna parálisis, pero ya de forma muy puntual.


Y pensé, ¿por qué no escribo sobre mis parálisis del sueño? Hoy en día hay mucha información, pero puede que ayude a alguien con mi propia experiencia. De pequeña estaba aterrorizada, y no supe lo que era aquello hasta que estaba en la universidad, con lo cual me pasé años pensando que eran pesadillas muy vívidas, o que me estaba volviendo loca.


The nightmare, de John Henry Fuseli


La primera vez que me ocurrió tendría, como comenté antes, unos 6 o 7 años. La mayoría de las veces me ocurrían de madrugada, ya que tengo el sueño muy inquieto, y me despierto y duermo varias veces en el transcurso de la noche. Pues esa primera vez me desperté, boca arriba (siempre duermo en esa postura, es mi favorita), y no podía moverme, ni abrir los ojos ni la boca. No recuerdo si en esa ocasión sentí presión en el pecho o la tripa (cosa que sí sentí en posteriores parálisis), pero el hecho de estar paralizada me asustó mucho. No entendía qué me ocurría. Hacía esfuerzos enormes por abrir los ojos y nada. Entonces empecé a pensar que quizás me había muerto, y mi espíritu había quedado atrapado en mi cuerpo (sí, era una cría un poco rarita, pero es lo que tiene haber mamado género de terror desde que era un mico). Así que por un momento lo asumí y dejé de forzarme. Pero pensar que el resto de mi existencia (o no-existencia) sería estar sumida en una oscuridad y silencio perpetuo me hizo entrar en pánico, y volví a pelear por escapar de ahí. En un momento dado me pareció que movía un dedo de la mano, con lo cual era imposible que estuviera muerta, así que seguí debatiéndome hasta que poco a poco fui recuperando el control de mi cuerpo, y pude entreabrir los ojos. La oscuridad seguía, pero no tan densa. Eran las tantas de la madrugada, pero se podía percibir pequeños puntos de claridad a través de la persiana. Me daba miedo volver a dormirme, pero supongo que al final lo hice hasta que desperté de forma normal por la mañana.

Nunca dije nada de esto a mi madre. No sabría decir por qué, pero era tan raro que no sabía ni cómo explicarlo. Además, dentro de lo que cabe, eran bastante espaciadas, por lo que era algo que yo asumía que me podía ocurrir, pasaba un rato malo, y ya está. Nunca vi alucinaciones, como sí le ha ocurrido a otras personas, porque nunca podía abrir los ojos, no tenía fuerzas. Pero es que aunque hubiese podido abrirlos, prefería no hacerlo por lo que pudiese haber delante mío. Lo que sí notaba era un peso sobre mi cuerpo, una presión sobre la tripa. Por aquella época vi una película de terror llamada Los ojos del gato (1985), en la que un horrible duende salía de su escondrijo en la habitación de una niña pequeña, en mitad de la noche, y le robaba el aliento. Pues yo estaba segura que era una criatura así la que me paralizaba, y se ponía sobre mí. El mayor número de experiencias se concentraron en mi infancia y adolescencia.


Con lo agustico que duermo yo como las
momias, y al parecer es la postura más 
propicia para tener parálisis.
Hace dos años tuve una experiencia muy curiosa. Me había quedado dormida apoyada sobre el lado izquierdo (cosa muy rara porque yo soy como una momia, duermo casi con los brazos cruzados sobre el pecho). En mitad de la noche empecé a despertarme, pero no podía moverme ni abrir los ojos, lo habitual. Lo curioso era que notaba una presión enorme contra mi espalda, y una especie de gruñido muy cerca de mi oído derecho. Era realmente espeluznante, porque era como animalesco.
No recuerdo haber tenido nunca ninguna parálisis con alucinaciones auditivas, y me asustó mucho. Pero mantuve la calma y pensé: "Te está dando el chungo, un poco más rarito, pero el chungo de toda la vida. Relájate, y no intentes moverte que ya desaparecerá. Y si es algo vivo de verdad, mejor que no sepa que estás despierta. Por si las moscas." Y desapareció poco a poco.






En el programa de Ecos de lo remoto (os dejo el enlace aquí por si os interesa escucharlo), hablan con un doctor en neurociencia para explicar desde un punto de vista médico qué es lo que ocurre en el cerebro cuando se producen las parálisis del sueño. En función del momento en que ocurre la parálisis pueden ser: hipnagógicas, cuando la persona se está adormeciendo, e hipnopómpicas, cuando la persona empieza a despertarse. Todo esto lo explica él mucho mejor en el programa, pero al parecer, cuando nos empezamos a dormir, el cerebro tiene un mecanismo que "desactiva" el cuerpo y relaja los músculos para que cuando estamos soñando no hagamos movimientos involuntarios, y cuando empezamos a despertar, ese mecanismo se desactiva. A veces hay fallos o mala sincronización, y nos despertamos antes de que se desactive ese mecanismo, con lo que no podemos movernos, pero somos conscientes de nuestro entorno. Hace tiempo escuché o leí también que la sensación de presión en el pecho es porque los pulmones funcionan más despacio, en modo sueño, y al despertar y requerir más aire parece que algo nos ahoga. Los casos en los que hay alucinaciones, como el ver sombras siniestras, ensotanados, o cosas aún más abigarradas, o como en mi caso de escuchar gruñidos, se "explicarían" por que parte de nuestra mente está todavía en una ensoñación, pero vamos, que incluso los científicos no tienen claro lo que se cuece en el cerebro cuando esto sucede.

Es un tema que me resulta fascinante por las jugarretas que nos juega la mente. No me sorprende que antiguamente pensaran que eran demonios íncubos o súcubos que atacaban a los durmientes indefensos. O los que lo relacionan con fenómenos extraños, porque hay situaciones que no sabes cómo encajar. Con 15 años decidí contarle a mi hermano lo que me ocurría, después de tener una experiencia especialmente desagradable, y me miraba con cara de "¿me estás tomando el pelo?". Entonces decidí no volver a decir ni mu, y guardarme mis idas de olla para mí sola porque creía eso, que tenía algún tornillo suelto. Hasta varios años después no descubrí lo que era.

El duende cabronías de la película Los ojos del gato (1985), y que yo creía que me
atormentaba de pequeña. Solo de pensar que esa cosa fea se me ponía frente a la cara
mientras dormía, me producía pavor.


Pensaba dar algún consejo para afrontar la situación si os sucede, pero cuando estás en un momento de clara indefensión, es inevitable sentir miedo. Intenta analizar si lo que sientes o ves es demasiado absurdo (cosa complicada cuando te encuentras en un estado de duermevela), y si lo percibes así, y puesto que no puedes moverte, intentar calmarte y pasar el mal trago. Vaya consejo de mierda, lo sé, jajaja...

Si alguien ha tenido este tipo de experiencia, que no dude en comentar. Y bueno, a ver si durante las vacaciones de navidad recupero un poco la rutina del blog, que me apetece y lo echo de menos.

Hasta la próxima misión.


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